lunes, 16 de marzo de 2015

los dái­mones

Para nosotros es difícil captar la realidad psíquica porque nuestra cosmovisión ha sido obstinadamente dualista durante largo tiempo. El dualismo cuajó a prin­cipios del siglo XVII con el nuevo empirismo de Francis Bacon y la filosofía de René Descartes, que dividió fir­memente el mundo entre mente (sujeto) y extensión (objeto). Pero el trabajo de base para tal distinción se había establecido, siglos antes, en el Concilio Eclesiástico de 869, que decretaba dogmáticamente que el hombre está compuesto de dos partes, cuerpo y espíritu. El tercer componente -alma- estaba contenido en el espíritu, y así se perdió una distinción esencial. Pues es precisamente al alma (psykhé en griego, anima en latín) a lo que se remi­te la realidad psíquica: un mundo intermedio, entre lo físico y lo espiritual, que participa de ambos.

Jung comprendía la realidad psíquica porque se topó directamente con ella, en un sueño. En él se le apareció «un ser alado surcando el cielo. Vi que era un anciano con los cuernos de un toro. Sostenía un manojo de cua­tro llaves, y tenía cogida una de ellas como si se dispusie­ra a abrir un cerrojo». Esta figura misteriosa se presentó a sí misma como Filemón; y aquél fue el principio de una bella amistad. Visitó a Jung a menudo, no sólo en sueños, sino también estando despierto: «En ocasiones me pare­cía muy real, como si fuera una personalidad viviente. Paseaba con él de un lado a otro del jardín, y para mí era lo que los indios llaman “un gurú”… Filemón me aportó la noción crucial de que hay cosas en la psique que no produzco yo, pero que tienen su propia vida… Mantuve conversaciones con él y dijo cosas que yo no había pen­sado conscientemente… Dijo que yo trataba los pensa­mientos como si los hubiera generado por mí mismo, pero, según su parecer, los pensamientos eran como ani­males en el bosque, o como personas en una habitación… Fue él quien me enseñó la objetividad psíquica, la reali­dad de la psique».
Uno de los detalles que nos da Jung de Filemón es que «traía consigo una atmósfera egipcio-helenística de tintes gnósticos». En otras palabras, procedía de la cultura de habla griega que se extendió por el Mediterráneo oriental en los primeros siglos posteriores al nacimiento de Cristo. En esa época el cristianismo no era más que un conjunto de creencias que competía por la soberanía con muchas otras, como el gnosticismo, el hermetismo y, sobre todo, el neoplatonismo. Finalmente éstos fueron declarados herejes o bien absorbidos en parte por el cris­tianismo, que se convirtió en la religión oficial del Sacro Imperio Romano. Junto con ellos se expulsó una creen­cia que daban por sentada: la creencia en lo que Jung lla­maba «realidad psíquica». Así que Filemón, que tanto hizo por iniciar a Jung en ese mundo, era verdaderamen­te su antepasado espiritual.

Las grandes autoridades en el mundo intermedio de la realidad psíquica fueron los neoplatónicos, que florecie­ron desde mediados del siglo III a.C. hasta mediados del VI. Siguiendo el diálogo más místico de Platón, el Timeo, llamaron a la región intermedia el Alma del Mundo, comúnmente conocida en latín como Anima Mundi. Así como el alma humana mediaba entre el cuerpo y el espí­ritu, el alma del mundo mediaba entre el Uno (que, como Dios, era el origen trascendente de todas las cosas) y el mundo material y sensorial. Los agentes de esta media­ción recibían el nombre de dáimones (a veces escrito daemones); éstos, se decía, poblaban el Alma del Mundo y proporcionaban la conexión entre los dioses y los hom­bres.

Más tarde, la cristiandad declaró injustamente a los dáimones demonios. Pero originariamente eran sólo los seres que abundaban en los mitos y el folclore, desde las ninfas, los sátiros, los faunos o las dríadas de los griegos hasta los elfos, gnomos, trols, jinn, etc. Por ello propon­go, en aras de la comodidad, denominar a todas las figu­ras de las apariciones, incluidos nuestros alienígenas y seres feéricos, con el nombre genérico de dáimones.

Los dáimones eran esenciales para la tradición de la filosofía gnóstico-hermético-neoplatónica, que era más como una psicología (en el sentido junguiano) o una dis­ciplina mística que como los ejercicios de lógica en que se convirtió la filosofía. Pero los dáimones del mito evolu­cionaron hacia un tipo más ajustado a estas filosofías, ya fueran ángeles, almas, arcontes, tronos o potestades…, muchos de los cuales se infiltraron luego en el cristianis­mo. Siempre flexibles, los dáimones cambiaban de forma para adaptarse a los tiempos, transformándose incluso en abstracciones si era necesario (las hénadas neoplatónicas, por ejemplo), aunque prefiriendo, dentro de lo posible, permanecer como personificaciones. El elenco de perso­najes arquetípicos de Jung -sombra, anima/animus, Gran Madre, Anciano Sabio- lo coloca sólidamente en esta tra­dición.

Nunca del todo divinos ni del todo humanos, los dái­mones emergieron del Alma del Mundo. No eran espiri­tuales ni físicos, sino las dos cosas. Tampoco eran, tal como Jung descubrió, enteramente internos ni externos, sino ambos. Eran seres paradójicos, buenos y malos, benéficos y temibles, guías y censores, protectores y exasperantes. La Diotima de Platón los describe en El banquete, un diálogo consagrado al más ignorado de to­dos los temas por la filosofía moderna: el amor.

«Todo lo daimónico es un intermedio entre dios y mortal. Interpretando y transmitiendo los deseos de los hombres a los dioses y los deseos de los dioses a los hom­bres, permanece entre ambos y llena el vacío (…). Un dios no tiene contacto con los hombres; sólo a través de lo daimónico se dan el trato y la conversación entre hom­bres y dioses, ya sea en estado de vigilia o durante el sueño. Y el hombre experto en semejante relación es un hombre daimónico…»

Jung lo era a todas luces. En términos suyos, los dái­mones son imágenes arquetípicas que, en el proceso de individuación, nos conducen hacia los arquetipos (dio­ses) mismos. No necesitan transmitir mensajes, pues ellos en sí son el mensaje. Los griegos comprendieron desde una época temprana que los dáimones podían ser psico­lógicos, en el sentido junguiano. Atribuían a los dáimo­nes «esos impulsos irracionales que se alzan en un hom­bre contra su voluntad para tentarlo, como la esperanza o el miedo». Los dáimones de la pasión o los celos y el odio todavía nos poseen, como han hecho siempre, haciendo que nos lamentemos tristemente: «No sé lo que me pasó. Estaba fuera de mí». Pero, aunque la actividad daimónica sea más fácil de detectar en el comportamiento obsesivo e irracional, siempre está trabajando silenciosa­mente entre bastidores. Nuestra tarea es identificar los dáimones que hay detrás de nuestras necesidades y deseos más profundos, de nuestros proyectos e ideologías, pues, como hemos visto, éstos siempre tienen una implicación religiosa, yendo y viniendo del territorio del ser divino y arquetípico. Lo que no debemos hacer es ignorarlos, porque, como advertía Plutarco , aquel que niega a los dáimones rompe la cadena que une al mundo con Dios.
Para los neoplatónicos el Anima Mundi está poblado por agentes mediadores que proporcionan la conexión entre los dioses y los hombres. Esos agentes son los dáimones. El cristianismo los designó como demonios, pero para los griegos eran dáimones todos esos seres que pueblan los mitos: ninfas, sátiros, faunos o dríadas; y lo mismo podemos decir de otros seres folklóricos como los elfos, gnomos, trolls, jinn, etc. Había también, muy destacadamente, dáimones personales: Sócrates hablaba habitualmente con el suyo. El ángel de la guarda no es más que su versión cristiana.
Patrick Harpur

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