miércoles, 16 de abril de 2014

enfrentamiento del agua con la arena.




Hay una hermosa historia sufí contada por primera vez en el siglo IX acerca del enfrentamiento del agua con la arena. Las aguas del Río, que fluían alegremente hacia su destino final, de pronto se vieron enfrentadas con las arenas del Desierto. Al ver que el mar de arena absorbía sus aguas, el Río se preguntó desesperado:

–¿Cómo he de cruzar estas arenas? ¿Qué me ocurrirá? ¿Me convertiré acaso en un pantano de agua muerta?

Fue entonces cuando el Río escuchó un susurro, la voz del Desierto:

–Amigo mío, ¿a qué viene este desespero?

–Pues tengo toda esta agua y debo llegar a tu otro costado –respondió el Río–, y si no lo hago, desapareceré.

–Te preocupas demasiado. ¿Cuál crees que es la esencia del agua?

–Pues fluir hasta su destino. ¿Cómo lograré llevar mis aguas a través del desierto?

–Pero no hay razón alguna por la que no puedas llegar hasta tu destino, amigo mío –dijo el Desierto.

–No es verdad –protestó el Río–. Tan pronto como mis aguas fluyan sobre tus arenas, desaparecerán.

–Sí –arguyó el Desierto–, eso es verdad. ¿Pero acaso no es también verdad que hay mucho más que el fluir del agua? Ella se puede evaporar sobre mis arenas y ser llevada al cielo. Allí el agua puede formar nubes, y las nubes podrán ser empujadas por el viento hacia el otro costado de mis arenas. La lluvia puede caer en aquel lugar y el agua fluirá de nuevo.

–Pero yo no soy así –se quejó el Río–. Yo sólo sé fluir. No sé nada de nubes, vientos o lluvia. Las nubes, el viento y la lluvia no son de mi naturaleza esencial.

–Pues entonces, amigo mío –concluyó el Desierto–, si continúas siendo tal como eres, en efecto, has de desaparecer. O puedes aceptar una manera más amplia de ver las cosas, y dejar que las aguas encuentren su camino hacia las tierras más allá de mi arena, donde han de caer y fluir una vez más. (Shah, 1993)

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