jueves, 8 de agosto de 2013

la inspiración

Es un hecho establecido que en los polidimensionales mundos del multiverso que la mayor parte de los grandes descubrimientos se deben a un breve momento de inspiración. Siempre hay bastantes trabajos previos, claro, pero lo que dispara el asunto suele ser algo tan sencillo como una manzana que se cae del árbol, o una tetera con el agua hirviendo, o el agua que se desborda de la bañera. Algo encaja dentro de la cabeza del observador. Según se dice, el descubrimiento de la forma del ADN se debe a que el científico vio una escalera de caracol en el momento en que tenía la mente a la temperatura receptiva exacta. Si hubiera cogido el ascensor, toda la ciencia de la genética habría sido muy diferente*.
Se suele considerar que esto es algo maravilloso. Pues no. Es trágico. En el universo están entrando constantemente pequeñas partículas de inspiración, que atraviesan la materia, más densa, de la misma manera que un neutrino atraviesa un barbapapá dulce, y la mayor parte de ellas se pierden.
Peor aún, la mayoría de las que aciertan alcanzan un objetivo cerebral total, definitiva y drásticamente erróneo.
Por ejemplo, la extraña idea de una rosquilla de plomo, de kilómetro y medio de diámetro, que en una mente adecuada habría disparado la invención de un generador gravitacional de electricidad (una forma de energía barata, inagotable y no contaminante, que el mundo llevaba siglos buscando, y al encontrarla se enzarzó en una guerra terrible e inútil) la tuvo en realidad un patito, que se quedó muy desconcertado.
Por otro golpe de mala suerte, la visión de una manada de caballos blancos galopando por un campo de jacintos silvestres, habría llevado a un compositor muerto de hambre a escribir la famosa Suite de los dioses voladores, que habría sido un bálsamo para millones de almas, si no hubiera estado en la cama con herpes. En lugar de alcanzarlo a él, la inspiración cayó sobre un sapo cercano, que no se encontraba en situación de hacer una aportación deslumbrante al mundo de la poesía.
Muchas civilizaciones han comprendido lo devastador de este desperdicio, y han ensayado diversos métodos para evitarlo, muchos de los cuales implicaban divertidos (pero ilegales) intentos de sintonizar la mente en la onda adecuada mediante el uso de hierbas exóticas o productos en polvo. Nunca funcionaron.
Y así Creosoto, que había soñado con la inspiración para componer un gran poema sobre la vida y la filosofía, y la razón por la que ambas cosas tienen mucho mejor aspecto vistas a través del fondo de una copa de vino, fue totalmente incapaz de componerlo, porque tenía tanto talento lírico como una hiena.
No se sabe por qué los dioses permiten que sucedan este tipo de cosas.
En realidad, el relámpago de inspiración necesario para explicarlo con claridad y precisión había tenido lugar, pero la criatura que lo recibió (una diminuta hembra de herrerillo) nunca pudo hacerse entender, ni con agotadores mensajes codificados en los tapones de las botellas de leche. Por una extraña coincidencia, un filósofo que había dedicado varias noches insomnes al mismo misterio se despertó aquella mañana con una maravillosa idea nueva para colocar cacahuetes en los comederos de los loros sin que te piquen.”

Terry Pratchett,
Rechicero 1988


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