martes, 27 de agosto de 2013

Ammit, la devoradora

Ammit, Nombre egipcio del normalmente denominado "devorador". Criatura compuesta, parte leona, parte hipopótamo, parte cocodrilo, suele representanda sentada. Figura en las pinturas del juicio ante Osiris del Libro de los Muertos y en los frescos de Deir el-Medina. Era conocida como "la que destruye los malvados" y se creía que su función consistía en devorar a aquellos que no podían superar el juicio


El juicio de Osiris era el acontecimiento más importante y trascendental para el difunto, dentro del conjunto de creencias de la mitología egipcia.
En la Duat, el espíritu del fallecido era guiado por el dios Anubis ante el tribunal de Osiris. Anubis extraía mágicamente el Ib (el corazón, que representa la conciencia y moralidad) y lo depositaba sobre uno de los dos platillos de una balanza. El Ib era contrapesado con la pluma de Maat (símbolo de la Verdad y la Justicia Universal), situada en el otro platillo.
Mientras, un jurado compuesto por dioses le formulaba preguntas acerca de su conducta pasada, y dependiendo de sus respuestas el corazón disminuía o aumentaba de peso. Dyehuty, actuando como escriba, anotaba los resultados y los entregaba a Osiris.
Al final del juicio, Osiris dictaba sentencia:
Si esta era positiva su Ka (la fuerza vital) y su Ba (la fuerza anímica) podían ir a encontrarse con la momia, conformar el Aj (el "ser benéfico") y vivir eternamente en el Aaru (El Paraíso en la mitología egipcia).
Pero si el veredicto era negativo, su Ib era arrojado a Ammit, la devoradora de los muertos (un ser con cabeza de cocodrilo, piernas de hipopótamo y melena, torso y brazos de león ), que acababa con él. Esto se denominaba la segunda muerte y suponía para el difunto el final de su condición de inmortal; aquella persona dejaba de existir para la historia de Egipto.


En la villa de Tebas, la
gran capital del mundo, había centenares de estas pequeñas escuelas.
La enseñanza no era cara, pues los discípulos debían simplemente
mantener al viejo Oneh. En las tardes de invierno, el hijo del
carbonero le llevaba carbón de encina para su estufa, el hijo del tejedor
se ocupaba de sus vestidos, el hijo del mercader de trigo le
suministraba harina y mi padre le daba, para calmar sus dolores,
pociones de plantas medicinales maceradas en vino.
Estas relaciones de dependencia hacían de Oneh un maestro
indulgente. El discípulo que se dormía sobre su tablilla debía al día
siguiente llevar al maestro alguna golosina, a título de castigo. Algunas
veces el hijo del mercader de trigo le llevaba una jarra de cerveza y en
este caso aguzábamos el oído,porque el viejo oneh, se lanzaba a
contarnos histórias maravillosas sobre el más allá y leyendas sobre la
celeste Mut, sobre Ptah, el constructor de todo, y sobre los demás
dioses que le eran familiares. Nosotros nos reíamos y pensábamos
haberlo inducido a olvidar las lecciones difíciles y los enojosos
jeroglíficos para todo el día. Sólo más tarde comprendí que el viejo
Oneh era mucho más docto y comprensivo de lo que nos figurábamos.
Sus leyendas, que él vivificaba con su ignorancia piadosa, tenían un
objeto determinado. Así nos enseñaba la ley moral del viejo Egipto.
Ninguna mala acción escapa al castigo. Implacablemente todo corazón
humano sería pesado una vez ante el tribunal de Osiris. Todo hombre
de quien el dios de la cabeza de chacal había descubierto las maldades,
era arrojado como presa al Devorador y éste era a la vez cocodrilo e
hipopótamo, pero mucho más temible que ambos.

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