domingo, 23 de junio de 2013

Una mascota para adivinar el futuro. Los familiares.

De acuerdo con la antropóloga Margaret Murray, existían dos tipos de familiares; uno exclusivamente abocado a la adivinación y otro cuya especialidad eran los hechizos

El método adivinatorio variaba según el animal empleado. Agnes Sampson, ejecutada en 1590 y acusada de haber producido la tempestad que estuvo a punto de hundir el barco del rey Jacobo I, confesó que un perro solía visitarla cuando estaba realizando una curación. Este animal le revelaba si el enfermo podría sanar o si en cambio estaba destinado a morir.

Los familiares adivinatorios, a diferencia de los domésticos, solían ser grandes, como caballos, ciervos, o cuervos. En su mayoría eran animales libres o pertenecientes a otra persona. Se presentaban al llamado del brujo para dar a conocer los augurios, pero si por alguna razón no respondían, el brujo o bruja tenía la capacidad de sustituirlos leyendo el porvenir en las formas de las nubes.


El familiar doméstico, por el contrario, solía ser una criatura lo suficientemente pequeña para poder ser escondida en casa. Sapos, ratones, conejos, gatos y hasta insectos servían para tal propósito. Debían vivir bajo el mismo techo de su poseedor y ser alimentados de forma especial.

La comida podía variar según el animal, pero la bruja o brujo debían añadirle siempre una gota de su sangre. La llamada “marca de bruja” estaba asociada a esto. Se creía que a través de aquella irregularidad en la piel era que la bruja le proporcionaba sangre a su demonio-mascota.

Todo familiar doméstico debía tener un nombre. Elizabeth Clark, una de las primeras víctimas del cazador de brujas Matthew Hopkins en el siglo XVII, confesó tener cinco familiares: Holt, un gatito, Jamara, un perro sin piernas, Sack un conejo negro, Newes, un zorrillo y Tom el avinagrado, un animal con cuerpo de sabueso y cabeza de buey que podía adquirir la forma de un niño decapitado.

Los cuidados del familiar también incluían fabricarles ropas para el aquelarre. Así cuenta Miguel de Goyburu en el Auto de fe de Logroño escrito por Leandro Fernández de Moratín:

“Esos sapos vestidos son demonios en figura de sapo que acompañan y asisten a los brujos para inducirlos y ayudar a que cometan siempre mayores maldades; están vestidos de paño o de terciopelo de diferentes colores, ajustado al cuerpo con sólo una abertura, que se cierra por lo bajo de la barriga, con un capirote como a manera de capillo…y al cuello traen cascabeles y otros dijes…”

Según el mismo Miguel de Goyburu faltar a los cuidados del familiar tenía graves consecuencias. El diablo personalmente castigaba a los brujos que faltaban a su responsabilidad.

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