miércoles, 15 de mayo de 2013

La Luz Fantástica by Terry Pratchett -


Bajó con facilidad por el sistema de caer incontrolablemente de rama en rama hasta aterrizar de cabeza en un montón de agujas de pino, y se quedó allí tendido, tratando de recuperar el aliento y deseando haber sido mejor persona.
Sabía que en alguna parte debía de haber una conexión perfectamente lógica. En un momento dado uno está muriendo tras haber caído por el borde del mundo, y al siguiente cuelga cabeza abajo de un pino.
Como sucedía siempre en aquellas ocasiones, el Hechizo se alzó en su mente.
Los profesores de Rincewind habían coincidido en afirmar que éste era un mago nato de la misma manera que los peces son alpinistas natos. Probablemente le habrían acabado por expulsar de la Universidad Invisible de todos modos -era incapaz de recordar los conjuros y se ponía enfermo cuando fumaba-, pero lo que de verdad le metió en líos fue el estúpido asunto de entrar en la sala donde estaba encadenado el Octavo… y abrirlo.
Y lo que agravó aún más los líos fue que nadie pudo averiguar por qué todos los bloqueos se habían desbloqueado temporalmente.
El Hechizo no era un inquilino exigente. No hacía más que quedarse sentado como un viejo sapo en el fondo de un estanque. Pero siempre que Rincewind estaba cansado de verdad, o muy asustado, intentaba hacerse pronunciar. Nadie sabía qué sucedería si se pronunciaba uno de los Ocho Grandes Hechizos, pero la creencia general era que el mejor lugar para observar los efectos sería el universo de al lado.
Era una idea extraña para tenerla cuando se está tumbado en un montón de agujas de pino después de caer por el borde del mundo, pero Rincewind tenía la sensación de que el hechizo quería mantenerle vivo.
Por mí, perfecto, pensó.
Se sentó y miró los árboles. Rincewind era un mago de ciudad y, aunque era consciente de que había diferencias que servían para distinguirlos, lo único que sabía con seguridad era que el extremo sin hojas iba pegado al suelo. Había demasiados para su gusto, y estaban distribuidos sin el menor sentido de la organización. Hacía siglos que nadie barría aquel lugar.
Recordó algo sobre orientarse examinando en qué lado del tronco crece el musgo. Aquellos árboles tenían musgo por todas partes, y verrugas de madera, y ramas viejas puntiagudas. Si los árboles fueran personas, aquéllos estarían sentados en mecedoras.
Rincewind le dio una patada al más cercano. Este le dejó caer una piña encima con puntería infalible.
–Ouch -se quejó.
–Te está bien empleado -dijo el árbol con una voz como el ruido de una puerta viejísima al abrirse.
Hubo un largo silencio.
–¿Eso lo has dicho tú? – preguntó al final Rincewind.
–Sí.
–¿Y eso también?
–Sí.
–Ah. – Meditó un instante. Luego intentó algo-. Supongo que no sabrás por casualidad cómo salir de este bosque, ¿verdad?
–No. No me muevo mucho -respondió el árbol.
–Debe de ser una vida bastante sosa.
–No sabría decirte. Nunca he sido otra cosa.
Rincewind lo examinó de cerca.
–¿Eres mágico? – preguntó.
–Nadie me lo había dicho -replicó el árbol-. Supongo que si.
No puedo estar hablando con un árbol, pensó Rincewind. Si estuviera hablando con un árbol, me habría vuelto loco, y no me he vuelto loco, así que los árboles no hablan.
–Adiós -dijo con firmeza.
–Eh, no te vayas -empezó a decir el árbol.
Pero se dio cuenta de que era inútil. Lo observó al alejarse entre los arbustos y luego se dedicó a sentir el sol sobre sus hojas, el gorgoteo del agua en sus raíces y el flujo y reflujo de su savia en respuesta al y tirón natural del sol y la luna. Sosa, pensó. Qué cosa más rara. Los árboles siempre son sosos, a no ser que crezcan cerca del mar. Y los que crecen cerca del mar viven más bien poco.
De hecho, Rincewind no volvió a hablar con aquel Árbol concreto, pero de aquella breve conversación surgió la base de la primera religión arbórea que, con el tiempo, invadió todos los bosques del mundo. Su dogma de fe era el siguiente: un árbol que fuera un buen árbol, que llevara una vida limpia, delicada y recta, tendría una existencia futura tras la muerte. Y si era muy buen árbol, eventualmente se reencarnaría en cinco mil rollos de papel higiénico.
La Luz Fantástica by Terry Pratchett -


es la segunda novela de la saga del Mundodisco de Terry Pratchett. Fue publicada originalmente en 1986. Continúa con las aventuras de Rincewind y Dosflores iniciadas en El color de la magia, esta vez acompañados por uno de los legendarios héroes del Disco: Cohen el Bárbaro. Terry Pratchett parodia las novelas fantásticas logrando crear un universo propio lleno de personajes extravagantes.
Esta continua en el punto exacto en donde El color de la magia termina, y continua con las desventuras de Rincewind y Dosflores. En este libro Rincewind descubre que si los ocho hechizos del Octavo no son leídos dentro de poco, el mundo terminará. Lamentablemente para él, tiene el hechizo perdido del octavo viviendo en su cabeza, y muchos magos intentan eliminarlo, para que este pase a vivir en la cabeza del mago más cercano a él en el momento del fallecimiento, ya que leer dichos hechizos conlleva a un poder supremo.
Pero por alguna extraña razón, Gran A'Tuin se acerca cada vez más a una gigantesca estrella roja y según ha dictaminado Muerte, es necesario que los ocho hechizos se reúnan para evitar una desgracia.
Ahora Rincewind y Dosflores reemprenden la huida acompañados de Cohen el Bárbaro, el más peligroso y extraño héroe del Disco y Bethan su igualmente peculiar prometida, intentando evitar a quienes desean los ocho hechizos y a quienes por su mala suerte simplemente quieren asesinarlos.
Puedes leerla aqui:
http://www.epubbud.com/read.php?g=EKRB2SHS&tocp=3

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