sábado, 7 de enero de 2012

W.B.Yeats - El Niño Robado



William Butler Yeats nació en Dublín en 1865 y pasó su infancia en la provincia de Sligo, escenario primordial de El crepúsculo celta. Hijo de un filósofo y pintor al que apreció más por sus óleos que por su trato, creció a la  sombra de Susan, su madre, que amaba a Irlanda en la misma medida en que odiaba todo lo inglés. En su biografía de Yeats, Thomas Brown apunta que el leal hijo de Susan sólo dejó tres referencias a Inglaterra en su poesía, a pesar de que pasó casi tanto tiempo en Londres como en Dublín.

En París y Londres, Yeats frecuentó sociedades teosóficas, practicó la magia negra, perteneció a cenáculos de obligadas capas negras. Algunos de sus ensayos combinan la aproximación esotérica con el proselitismo nacionalista. Yeats se comportó como lo que también era: un articulista ansioso de tener razón, un partidario de las rebeldías elegantes, un temeroso crítico del populacho. Consciente de los efectos de la apariencia, aprendió en Wilde la utilidad de la máscara para hablar con libertad y se forjó un personaje capaz de adaptarse a sus plurales circunstancias. Avergonzado de su pobreza, un Yeats casi adolescente tiñe sus talones de tinta para ocultar que sus calcetines están rotos. Así entra a los salones donde descubre las jerarquías del oporto, las comodidades del mecenazgo, las virtudes de recitar en actitud de vidente herido por la inspiración (en El mundo de ayer, Stefan Zweig retrata al bardo que parece recibir dictado de la musa). 

La curiosidad de Yeats no conoce el reposo. Lee los periódicos con persecutorio olfato de polemista; admira en París una puesta de Axël, de Villiers de L’Isle-Adam y hace suyo el aristocrático desprecio por lo común (el epígrafe de La rosa secreta, tomado de L’Isle-Adam, dice: “En cuanto a vivir, nuestros sirvientes lo harán por nosotros”); se interesa en Balzac; sigue las óperas de Debussy y discute acerca de la tramoya y los decorados; asiste a las obras de Alfred Jarry y las repudia; experimenta con el hashish y la mescalina; lee a Nietzsche con el fervor que antes le produjeron Swedenborg y Blake; busca correspondencias entre el teatro Noh de Japón y el renacimiento del drama irlandés; se ocupa de grandes pintores y sectas ínfimas; estudia hinduismo; discute a Hegel y a Vico; apoya a Joyce; rescata cuentos del folclor celta
La figura femenina primigenia es, por supuesto, su madre, celosa guardiana del esplendor celta. La frecuentación de Madame Helena Blavatsky en los años ochenta fomentó su interés en el “plano astral”. La pitonisa rusa fundó en 1875 la Sociedad Teosófica a la que perteneció Yeats. Ahí el poeta se familiarizó con el budismo, el mesmerismo, la frenología y la idea de la reencarnación, muy atractiva para alguien dispuesto a llevar varias vidas. A pesar de su predicada espiritualidad, Madame Blavatsky mostraba su mayor vocación al comer huevos fritos en mantequilla. Esta dieta no era la única contradicción con un ideario nutrido, de neoplatonismo. Yeats advirtió pronto la charlatanería de la teósofa, pero mantuvo su entusiasmo por el revés de las cosas. En 1892, un año antes de publicar El crepúsculo celta, escribió a su amigo John O’Leary: “La vida mística es el centro de todo lo que hago y todo lo que pienso y todo lo que escribo”.

En 1902, en la edición revisada de El crepúsculo celta afirma que las mujeres llegan con mayor facilidad a lo desconocido, la sabiduría que para los pueblos antiguos era la única sabiduría

Uno de los grandes problemas de la vida es que no podemos tener ninguna emoción pura. Siempre hay en nuestro enemigo algo que nos gusta, y en nuestro amor algo que nos desagrada. Es este enredo químico lo que nos hace viejos, y nos arruga la frente y hace más profundos los surcos de nuestros ojos. Si fuéramos capaces de amar y odiar con tan buen corazón como los Sidhe, podríamos volvernos tan longevos como ellos. Pero hasta que llegue ese día sus incansables gozos y pesares siempre habrán de constituir la mitad de su fascinación. En ellos jamás se agota el amor, y las órbitas de los astros no pueden rendir a sus pies danzantes. Los campesinos de Donegal se acuerdan de esto cuando se doblan sobre la pala, o se sientan junto a la criba, al anochecer, absortos en la pesadez de los campos, y cuentan historias sobre lo que no se puede olvidar.  De El crepúsculo celta
En la madrugada del 7 de enero de 1.939, tres semanas antes de morir, Yeats le contó a su mujer, Georgie, que había tenido un sueño sobre Cuchulain, el antiguo héroe irlandés: Cuchulain, herido de muerte, conversa con unos espíritus y les dice que los que han sobrevivido a la guerra son los cobardes o los que han sabido esconderse a tiempo. Cuchulain fue un personaje que le acompañó desde que comenzó a interesarse por las antiguas sagas irlandesas. Fue el tema de su última obra teatral, "La muerte de Cuchulain", donde el héroe lucha contra el mar, contra la muerte y contra Dios.
Puede que fuera la Muerte quien le envió a Cuchulain en sueños, para imaginar un final tan heroico. Vino a por Yeats el 28 de enero de ese mismo año, mientras se encontraba de vacaciones con su mujer y unos amigos en Roquebrune-Cap-Martín (Francia). Sin embargo el poeta la estaba esperando, llevaba años tratando de mantenerla a distancia prudencial(estaba enfermo de cáncer).
Y Sucede que la poesía ofrece la posibilidad de intuir la vida antes de su experiencia.
Yeats, en su viaje hacia el Sur de Francia, se esmeró en acabar un poema epitafio en el que expresaba su deseo de ser enterrado "Bajo Ben Bulben", el monte de Irlanda que marcó su niñez. Es el poeta adivino, el sacerdote de las musas, del vate. Éste poema pertenece a un grupo similar a los de, entre otros, "Un aviador irlandés anticipa su muerte", "La segunda venida, " Lapislázuli" y "Meru". Para su lápida escogió estos versos:
"Lanza una fría mirada
a la vida, a la muerte
Jinete, sigue de largo".
Quedan sus palabras, que algo resistirán al tiempo...



El niño robado 
de William Butler Yeats

Donde en el lago se sumergen 
los altos rocosos del bosque de Sleuth, 
reposa una frondosa isla 
donde las garzas aleteantes despiertan 
a las soñolientas ratas de agua: 
allí hemos ocultado nuestras cubas encantadas, 
llenas de bayas 
y de las más rojas cerezas robadas. 
¡Márchate, oh niño humano! 
a las aguas y a la tierra 
de la mano de un hada, 
pues el llanto llena el mundo más de lo que puedes entender.

Donde la onda de luz lunar enciende 
las tenues arenas grises con su brillo, 
lejos, en el lejano Rosses 
toda la noche bailamos, 
tejiendo antiguas danzas, 
enlazando manos y enlazando miradas 
hasta que la luna alza el vuelo; 
de un lado a otro brincamos 
y cazamos las vagas burbujas, 
mientras lleno está el mundo de problemas 
y ansioso está en su sueño. 
¡Márchate, oh niño humano! 
a las aguas y a la tierra 
de la mano de un hada, 
pues el llanto llena el mundo más de lo que puedes entender.

Donde el agua errante mana 
desde las colinas sobre Glen-Car, 
en las charcas entre la corriente 
que apenas podrían bañar una estrella, 
buscamos las adormiladas truchas 
y susurrando en sus oídos 
les cedemos inquietos sueños; 
asomándonos dulcemente desde 
helechos que dejan caer sus lágrimas 
sobre los arroyos nuevos. 
¡Márchate, oh niño humano! 
a las aguas y a la tierra 
de la mano de un hada, 
pues el llanto llena el mundo más de lo que puedes entender.

Lejos se va con nosotros, 
el de ojos solemnes: 
nunca más oirá el mugido 
de los terneros en la cálida ladera 
ni la caldera en la hornilla 
cantar paz dentro de su pecho, 
ni verá la inquieta cola de los ratones 
alrededor del arca de la harina de avena. 
Porque se viene, el niño humano, 
a las aguas y a la tierra 
de la mano de un hada, 
desde el mundo que lleno está de llanto más de lo que puede entender.

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