viernes, 28 de octubre de 2011

Dioses


El mero hecho de ver a Dionisio—o a Mescalito, el dios de don Juan—o cualquier otra divinidad no significará nada para cualquier persona de escepticismo normal o entrenamiento científico.
Uno sabe que está alucinando y que no hay nada más. Pero ver a Dionisio glorificado—ver una belleza que transciende cualquier cosa que uno haya podido imaginar anteriormente—no puede desecharse tan fácilmente. ¿De donde ha venido esta maravillosa experiencia?—esta puerta atrás del Edén, esta “gracia que será amada por siempre”. No de la mente consciente de uno, la cual no ha concebido nunca tales maravillas. (Es precisamente este impactante sentimiento de ser ajenas a uno lo que les confiere verosimilitud). ¿Del inconsciente entonces?. Ciertamente no del inconsciente de Freud; estas criaturas celestiales no habitan tal agujero infernal. ¿De donde entonces?. Quizás del conjeturado “inconsciente colectivo” de Jung, ese caldo de cultivo de la sabiduría y el arte atemporales; o, como sugiere el Dr.Leary, de la molecula del ADN que está codificada en nuestros genes junto con los catalizadores químicos que nos hacen blanco o negro, altos o bajos, hombres y mujeres, etcétera. Pero, incluso si se admite esta explicación, el asombro y la belleza de algunas de estas imágenes seguirá persiguiendo a los que experimenten con drogas. Como dijo Jung, “no tiene sentido negar a los dioses cuando uno se enfrenta a fuerzas que actúan justo como se supone que los dioses deben actuar”. Decir que estos seres no son dioses sino arquetipos genéticos atemporales es simplemente hacer malabarismos con la semántica, reemplazar un trabalenguas por otro. En último término, lo que ellos “son” es menos impactante que el poder que poseen.

—Robert Anton Wilson en “Sex, Drugs & Magick”

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