viernes, 26 de agosto de 2011

Cuna de gato


En este libro nada es verdad.
«Vive de las famas que te hacen valiente y bueno y saludable y feliz.»
Los libros de Bokonon 1: 5

1 - El día del fin del mundo
Llamadme Jonás. Mis padres me llamaban así, o casi. Me llamaban Juan.
Jonás Juan, aunque hubiese sido Samuel, habría seguido siendo igualmente Jonás, no
porque yo haya sido causa de mala suerte para otros, sino porque alguien o algo me ha
forzado a estar sin falta en determinados lugares a determinadas horas. Se me han
facilitado transportes y motivos, tanto convencionales como raros. Y, según estaba
planificado, en el segundo señalado y en el lugar señalado, este Jonás estaba siempre
presente.
Escuchad:
Cuando era más joven, hace dos esposas, hace doscientos cincuenta mil cigarrillos y
más de tres mil litros de alcohol...
Cuando era mucho más joven aún, empecé a reunir material para un libro que iba a
llamarse El día del fin del mundo.
El libro iba a basarse en hechos reales.
El libro iba a ser un informe acerca de lo que algunos americanos importantes habían
hecho el día en que se lanzó la primera bomba atómica sobre Hiroshima, Japón.
Iba a ser un libro cristiano. Por aquel entonces yo era cristiano.
Ahora soy bokononista.
Y por aquel entonces habría sido bokononista si hubiera habido alguien que me
hubiese enseñado las agridulces mentiras de Bokonon. Pero el bokononismo era algo
desconocido más allá de las playas de guijarros y los cuchillos de coral que rodean esta
pequeña isla del Mar Caribe, la República de San Lorenzo.
Nosotros, los bokononistas, creemos que la humanidad se organiza en equipos,
equipos que hacen la Voluntad Divina, sin descubrir jamás qué es lo que hacen. Bokonon
llama karass a tales equipos, y el medio, el kan-kan, que me condujo hasta mi karass fue
el libro que no terminé nunca, el libro que iba a llamarse El día del fin del mundo.
2 - Bien, bien, muy bien
«Si ves que tu vida se complica con la vida de otra persona por motivos no muy lógicos
-escribe Bokonon-, puede que esa persona sea un miembro de tu karass.»
En otro pasaje de Los libros de Bokonon, Bokonon nos dice: «El Hombre creó el tablero
de damas. Dios creó el karass.» Con ello quiere decir que un karass no conoce
limitaciones, tanto de clase, como familiares, profesionales, institucionales o nacionales.
La forma de un karass es tan libre como la de una ameba.
En su Quincuagesimotercer calipso», Bokonon nos invita a cantar con él:
Oh, un borracho durmiendo
Hay en Central Park
Y un cazador de leones
En la oscuridad tropical
Y un dentista chino
Y la reina británica
Todos juntos se acoplan
En la misma máquina
Bien, bien, muy bien
Bien, bien, muy bien
Bien, bien, muy bien
Gente tan variada
En la misma maquinaria

3 - Una locura
Bokonon no nos previene en ninguna parte contra el hecho de que una persona intente
descubrir los límites de su karass y la naturaleza de la labor que Dios Todopoderoso le
tiene asignada. Bokonon sólo apunta que tales indagaciones están predestinadas a ser
incompletas.
En la parte autobiográfica de Los libros de Bokonon, escribe una parábola sobre la
locura de pretender descubrir o comprender:
Una vez conocí en Newport, Rhode Island, a una dama episcopaliana que me pidió que
diseñara y construyera una caseta para su gran danés. La dama afirmaba comprender
perfectamente a Dios y Sus Modos de Obrar. Y no comprendía que alguien pudiese
sentirse perplejo ante lo que había existido o lo que iba a existir.
Sin embargo, cuando le enseñé un anteproyecto de la caseta de perro que me
proponía construir, me dijo: «Lo siento, pero nunca he sabido leer una cosa de esas.»
«Déselo a su marido o a su pastor para que se lo pase a Dios -dije yo-, y cuando Dios
tenga un minuto, seguro que le explica esta caseta de perro de tal modo que hasta usted
lo pueda entender.»
Me puso de patitas en la calle. Nunca la olvidaré. La dama creía que Dios prefería a la
gente de los veleros antes que a la gente de las lanchas. No podía soportar ver un
gusano, y cuando veta uno, gritaba.
Era una insensata, como yo, e igual que cualquiera que crea ver el Hacer de Dios
(escribe Bokonon).

4 - Una maraña de hilos provisional
Sea como fuere, en este libro me propongo incluir a tantos miembros de mi karass
como sean posibles, y mi intención es examinar todos los indicios convincentes que den
cuenta de lo que nosotros, colectivamente hablando, hemos andado haciendo en la
Tierra.
No me propongo que este libro sea un tratado en defensa del bokononismo. Sin
embargo, me gustada hacerles una advertencia bokononista acerca del bokononismo. La
primera frase de Los libros de Bokonon es esta:
«Todas las cosas verdaderas que estoy a punto de contarles son una insolente
mentira.»
Mi advertencia bokononista es esta:
Aquel que no sea capaz de comprender que una religión útil pueda estar basada en
mentiras, tampoco comprenderá este libro.
Así sea.
Volvamos entonces a mi karass.
Con toda seguridad incluye a los tres hijos del doctor Felix Hoenikker, uno de los así
llamados «padres» de la primera bomba atómica. El mismo doctor Hoenikker era sin duda
un miembro de mi karass, aunque estuviese ya muerto antes de que mis sinookas, los
hilos de mi vida, empezaran a enredarse con los de sus hijos.
El primero de sus herederos en ser alcanzado por mis sinookas fue Newton Hoenikker,
el menor de los tres hijos y el menor de los dos varones. A través de la revista de mi
hermandad de estudiantes, The Delta Upsilon Quarterly, me enteré de que Newton
Hoenikker, hijo del Premio Nobel de Física Felix Hoenikker, había sido aceptado en la
misma división de la hermandad que yo, la División Cornell.
De modo que le escribí a Newt esta carta:
«Apreciado Mr. Hoenikker:
»O deberla decir: ¿Apreciado Hermana Hoenikker?
»Soy un miembro de la Delta Upsilon Cornell que ahora se gana la vida como escritor
independiente. Estoy reuniendo material para un libro acerca de la primera bombomba
atómica. Su contenido se ceñirá a los sucesos que tuvieron lugar el ó de agosto de 1945,
el día en que se lanzó la bomba sobre Hiroshima.
»Dado que se reconoce en general a su difunto padre como uno de los principales
creadores de la bomba, apreciaría sobremanera cualquier anécdota que pudiese usted
procurarme sobre la vida en casa de su padre el día en que se lanzó la bomba.
»Lamento decirle que no tengo tantos conocimientos respecto a su ilustre familia como
debiera, por lo cual no sé si tiene usted hermanos o hermanas. En caso de que sí tenga
usted hermanos o hermanas, me complacería mucho tener sus direcciones para poder
remitirles peticiones similares.
»Sé que era usted muy pequeño cuando se lanzó la bomba, lo cual es aún mejor. Mi
libro resaltará el lado humano de la bomba, más que el técnico, de modo que los
recuerdos de aquel día vistos a través de los ojos de un "bebé", si me disculpa usted
expresión, encajarán perfectamente.
»No se preocupe usted por el estilo o la forma. Deje todo eso en mis manos. Usted sólo
déme los datos mondos y lirondos de su historia.
»Ni que decir tiene que le presentaré la versión definitiva para que dé usted el visto
bueno antes de su publicación.
Fraternalmente suyo.»
Carta de un estudiante del curso preparatorio de medicina
A la que Newt respondió:
«Lamento haber tardado tanto en contestar a su carta. El libro que está usted
escribiendo da la impresión de ser muy interesante. Yo era tan pequeño cuando se lanzó
la bomba que no creo que le sea de mucha ayuda. La verdad es que debería usted
preguntar a mi hermano y a mi hermana, que son mayores que yo. Mi hermana es Mrs.
Harrison C. Conners, 4918 North Meridian Street, Indianapolis, Indiana. Esas son también
mis señas ahora. Creo que para ella será un placer ayudarle. Nadie sabe dónde está mi
hermano Frank.
Desapareció justo después del funeral de mi padre, hace dos años, y
desde entonces nadie ha tenido noticias suyas. Que sepamos nosotros, es posible que
ahora esté muerto.
»Yo sólo tenía seis años cuando lanzaron la bomba atómica sobre Hiroshima, de modo
que todo lo que recuerdo de aquel día son cosas que otras personas me han ayudado a
recordar.
»Recuerdo que estaba jugando en la alfombra de la sala de estar, al otro lado de la
puerta del estudio de mi padre en Ilium, Nueva York. La puerta estaba abierta y podía
ver
a mi padre. Llevaba pijama y bata. Estaba fumando un puro y jugaba con un redondel de
cuerda. Aquel día, mi padre se quedó todo el día en casa, en pijama, y no fue al
laboratorio. Se quedaba en casa siempre que quería.
»Mi padre, como probablemente usted sepa, pasó prácticamente toda su vida
profesional trabajando para el Laboratorio de Investigaciones de la Compañía General de
Forjas y Fundiciones de Ilium. Cuando surgió el Proyecto Manhattan, el proyecto de la
bomba, mi padre no quiso abandonar Ilium para trabajar en este proyecto. Dijo que no
trabajaría en el proyecto, a menos que le dejasen trabajar donde él quisiese, lo cual
muchas veces significaba en casa. Al único lugar donde le gustaba ir, fuera de Ilium, era a
nuestra casita de campo en Cape Cod. Y fue en Cape Cod donde murió. Murió en
Nochebuena. Probablemente también sepa usted esto.
»En fin, yo estaba jugando en la alfombra, fuera de su estudio, el día de la bomba. Mi
hermana Angela me ha contado que yo solía jugar con camioncitos de juguete durante
horas y horas, haciendo el ruido del motor, haciendo "ruun, ruun, ruun" todo el tiempo. De
modo que me imagino que yo estaba haciendo "ruun, ruin, ruun" aquel día, y mi padre en
su estudio,jugando con un redondel de cuerda.
»Da la casualidad de que sé de dónde procedía la cuerda con la que mi padre estaba
jugando. Quizá pueda usted ponerlo en alguna parte del libro. Mi padre cogió la cuerda
con la que estaba atado el manuscrito de una novela que le había enviado un preso. La
novela trataba del fin del mundo en el año 2000, y el título del libro era 2000 D.C. Hablaba
de cómo unos científicos locos fabricaban una bomba que arrasaba el planeta entero. Al
enterarse todo el mundo de que llegaba el fin del mundo, se organizó una gran orgía, y
entonces, diez segundos antes de estallar la bomba, aparecía el mismísimo Jesucristo. El
autor se llamaba Marvin Sharpe Holderness, y le contaba a mi padre, en una carta
adjunta, que estaba en la cárcel por haber matado a su hermano. Le enviaba el
manuscrito a mi padre porque no sabía qué tipo de explosivos poner en la bomba.
Pensaba que quizá mi padre podía sugerirle algo.
»No le estoy diciendo que yo leyera el libro a la edad de seis años. Lo tuvimos dando
tumbos por casa durante mucho tiempo. Mi hermano Frank se adueñó de él, atraído por
las partes obscenas. Lo guardaba en su dormitorio, dentro de lo que él llamaba su "caja
fuerte". En realidad no era ninguna caja fuerte, sino simplemente el tubo de una estufa
vieja con una tapa de hojalata. Frank y yo debemos de haber leído la parte de la orgía
miles de veces cuando éramos niños. Lo guardamos durante muchos años y un día mi
hermana Angela lo encontró. Lo leyó y dijo que no era más que basura, y una marranada.
Quemó el libro, y la cuerda. Era una madre para Frank y para mí, ya que nuestra
auténtica madre murió al nacer yo.
»Mi padre no leyó nunca el libro, de eso estoy más que seguro. Creo que no leyó una
novela, ni siquiera un relato, en toda su vida, por lo menos desde que era niño. Tampoco
leía su correspondencia, ni revistas, ni periódicos. Supongo que leería un montón de
revistas técnicas, pero si le digo la verdad, no recuerdo a mi padre leyendo nada.
»Como digo, todo lo que quería del manuscrito era la cuerda. Así era mi padre. Nadie
podía predecir qué podía interesarle. El día de la bomba fue la cuerda.
»¿Ha leído usted alguna vez el discurso que pronunció cuando recibió el Premio
Nobel? Este fue todo el discurso: "Señoras y señores. Estoy aquí ante ustedes porque
nunca he dejado de zanganear como un niño de ocho años camino del colegio en una
mañana de primavera. Cualquier cosa puede hacer que me pare, mire, me asombre, y
algunas veces, aprenda. Soy un hombre muy feliz. Gracias."
»Luego, mi padre se quedó mirando la cuerda durante un rato y entonces sus dedos
empezaron a jugar con ella. Con sus dedos hizo una figura de cuerda que se llama "la
cuna de gato". No sé dónde aprendería mi padre a hacerla. De su padre, quizá. Su padre
era sastre, ¿sabe?, de modo que cuando mi padre era un crío, debió estar rodeado
siempre de hilos y cuerdas.
»Jugar a la "cuna de gato" es lo más cercano a un juego, en el sentido que todo el
mundo le da a esta palabra, que yo haya visto jugar a mi padre. No hacía ningún caso de
los trucos, juegos y reglas que se inventaba otra gente. En un álbum de recortes que
guardaba mi hermana Angela, había un recorte sacado de la revista Time en el que
alguien le preguntaba a mi padre a qué juegos le gustaba jugar para relajarse, y él decía:
"¿Por qué voy a marearme con juegos falsos, habiendo a nuestro alrededor tantos juegos
auténticos?"
»Tuvo que sorprenderse a sí mismo cuando hizo una cuna de gato con la cuerda, y
quizás aquello le recordara su propia infancia, porque de pronto salió de su estudio e hizo
algo que nunca había hecho. Intentó jugar conmigo. No sólo no había jugado nunca
conmigo, es que ni siquiera me había hablado.
»El caso es que se arrodilló en la alfombra junto a mí, me enseñó sus dientes, e hizo
bailar la maraña de cuerda delante de mi cara. "¿Ves, ves, ves? -preguntó-. Una cuna de
gato. ¿Ves la cuna de gato? ¿Ves dónde duerme el gatito? Miau, miau."
»Sus poros parecían tan grandes como los cráteres de la luna. Tenía las orejas y las
narices llenas de pelos. Olía igual que la mismísima boca del infierno. A tan poca
distancia, mi padre era la cosa más fea que he visto en mi vida. Es algo con lo que sueño
siempre.
»Y entonces se puso a cantar: "Duerme gatito, entre ramas y hojas -cantó-, la cuna se
mece cuando el viento sopla; se cae la cuna, la rama está rota; cuna y gatito, se caen de
la copa."
»Me brotaron las lágrimas. Me levanté de un salto y salí de casa corriendo tan deprisa
como pude.
»Debo terminar aquí. Son más de las dos de la madrugada y mi compañero de
habitación acaba de despertarse quejándose del ruido de mi máquina de escribir...

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