martes, 1 de febrero de 2011

Los dueños de la ciencia



El premio Nobel de Medicina del año 2002 John Sulston alerta del peligro que supondría que el creador de la "célula artificial" pueda patentar su descubrimiento o sus métodos. Su aviso reaviva la polémica sobre las patentes.

¿Quiénes son los dueños de la ciencia? ¿Los científicos, los gobiernos o multinacionales que financian los descubrimientos, la humanidad al completo? Lo cierto es que el dueño de un descubrimiento científico es, ni más ni menos, quien lo patenta. Las patentes se idearon, en principio, como forma de promover la invención, ya que se trataba de un reconocimiento de exclusividad de derechos sobre dicho invento durante 20 años, a cambio de hacerlo público. Es decir: el investigador podía explotar económicamente en monopolio su invento durante 20 años, pero no podía mantenerlo en secreto, de forma que sus ideas acabarían pasando al acervo común de la ciencia y servirían a toda la humanidad.
El modelo cambió en el siglo XX en el momento en que empezaron a aparecer las grandes multinacionales, empresas con un poder de facto casi equivalente (por no decir, en ocasiones, muy superior) al de muchos estados.
Estas grandes empresas se dedicaron a comprar patentes, pero no con la idea de encontrar nuevos productos que comercializar, sino sólo para retener monopolios y para, en muchos casos, impedir la aparición en el mercado de invenciones que reducirían sus beneficios. Pongamos un ejemplo hipotético: alguien descubre la forma de que los coches funcionen por energía solar con exactamente el mismo rendimiento que la gasolina. ¿Qué harían las petroleras? Comprar la patente. Fin del problema.
Al no actualizar la legislación de patentes, la situación se ha ido enrareciendo hasta límites absurdos.
Por ejemplo, hay paletas (es decir, simples combinaciones de colores, elegidos de forma arbitraria) que están patentadas, y en teoría no se pueden utilizar sin permiso de sus dueños. Lo verdaderamente preocupante es que ya hay elementos de la naturaleza patentados: secuencias de genoma de diversos animales, plantas, etc.
Esto sí causa auténticos dramas en todo el mundo. Campesinos de Asia se están encontrando ahora con que determinadas multinacionales quieren cobrarles porque el genoma del tipo de arroz que llevan utilizando siglos está patentado. O se obliga a comprar semillas genéticamente modificadas, que producirán cosecha pero no nuevas semillas para plantar, lo que obligará a comprar de nuevo el producto al año siguiente.
Esto puede provocar oleadas de hambruna terribles en regiones deprimidas del planeta.
Otro problema son las patentes de software.
En informática cada vez es más complicado crear un nuevo programa, idear una función o una aplicación sin violar alguna de las, por ejemplo, 4.914 que sólo en 2009 registró IBM, o de las 2906 que en el mismo año registró Microsoft. Las patentes de software (que aún no se han implantado en Europa, aunque los gigantes de la informática llevan años haciendo presión para ello) colaboran con los monopolios y dificultan terriblemente la creación de nuevos productos. ¿Cómo crear, por ejemplo, un programa de retoque fotográfico que no vulnere ni una sola de las patentes relacionadas con Photoshop? Se plantea un escenario en el que el primero en llegar se lo queda todo. NO SE PUEDE PATENTAR LA NATURALEZA... ¿O SÍ?
Todo esto, que en principio parece sólo un problema económico y de gestión del conocimiento, llega a dar un poco de miedo con las patentes farmacéuticas.
El hecho de que bajo ningún concepto, ni siquiera en casos de emergencia sanitaria internacional, se oblige a las grandes farmacéuticas a liberar determinadas patentes, puede acabar por poner la salud de millones de personas en manos de una empresa privada.
Podrían salvarse cientos de miles de vidas al día si, por ejemplo, los países del Tercer Mundo pudieran fabricar medicamentos genéricos para cubrir las necesidades sanitarias más urgentes de la población. Y no podemos olvidar que, una vez descifrado el genoma humano y empezadas las investigaciones a partir de nuestro propio ADN, el camino queda allanado para que alguna empresa intente patentar una secuencia de nuestros genes, una proteína derivada de ellos o cualquier otra cosa que, en el fondo y por mucho que los investigadores se quieran arrogar méritos, no tiene más autor que la propia naturaleza.
Afortunadamente, en algunos lugares la Justicia está parando los pies de estos que, en el fondo, no son más que especuladores dispuestos a apostar sobre la vida y la muerte de las personas. Hace sólo dos meses la empresa de biotecnología Myriad Genetics y la oficina de patentes de EEUU fue condenada por patentar dos genes humanos relacionados con el cáncer de mama y ovarios.
La presencia de estos genes es un indicador para las mujeres que los portan de que tienen entre un 40% y un 85% de posibilidades de enfermar de estos tipos de cáncer. Myriad Genetics los patentó hace 15 años, y desde entonces han comercializado en exclusiva un test para detectarlos.
La licencia impedía a otros laboratorios investigar otros test y obligaba a pagar también a otros centros de detección de cáncer. ¿Quieres saber si tendrás cáncer de ovarios? Pasa por caja.
En su auto, el juez señala que no se pueden considerar patentables elementos de la naturaleza; sólo sería posible si se han creado de forma artificial y totalmente aislada del cuerpo y si cubren una nueva utilidad.
Esta sentencia, cuando sea firme e irrevocable (Myriad Genetics la ha recurrido), creará jurisprudencia y servirá para tumbar muchas patentes de este tipo; además, la condena recaída sobre la oficina de patentes de EEUU hará que a partir de ahora se lo piensen dos veces antes de conceder una licencia así. ¿SE PATENTARÁ LA PRIMERA CÉLULA ARTIFICIAL?
Y llegamos así al descubrimiento de Craig Venter, que creó por primera vez una célula viva con un genoma artificial.
La Universidad de Manchester presentó en la Royal Society de Londres el estudio sobre el tema de las patentes "¿Quién es el dueño de la ciencia?"; en su presentación, John Sulston, premio Nobel de Medicina 2002 y profesor de la U. de Manchester, declaró a la BBC que "la tendencia [ en el tema de las patentes ] se ha acelerado desde que alerté sobre el problema por primera vez hace 10 años". Sostuvo con total firmeza que el abuso de las patentes está impidiendo el avance de la ciencia y reclamó que las nuevas herramientas pasen a ser de dominio público para asegurar el mayor beneficio para la sociedad.
El Instituto J. Craig Venter (IJCV) seguramente esté ya realizando movimientos para patentar su descubrimiento, con las consecuencias negativas que esto tendría.
Hay que tener en cuenta que hace 10 años Venter ya se enfrentó a Sulston para obtener el control de la secuencia del genoma humano: mientras Sulston, que formaba parte del proyecto público competidor, reclamaba que fuera de dominio público, Venter pretendía patentarlo y obtener el monopolio sobre su uso e investigación.
Afortunadamente no lo consiguió.
Las patentes que el IJCV ha solicitado incluyen el organismo compuesto, los genes, la versión digital y cualquier otra versión de este organismo capaz de fabricar etanol o hidrógeno. Un portavoz del Instituto declaró a la BBC: «varias empresas y laboratorios universitarios trabajan en el espacio de la biología artificial.
La mayoría, si no todos, han solicitado cierto tipo de protección por medio de patentes para sus trabajos, así que es improbable que ningún equipo de investigadores obtenga un monopolio sobre este campo». Sulston afirmó que las reclamaciones presentadas a la oficina de patentes de EEUU para conseguir la licencia son vagas y demasiado amplias, y declaró tener la esperanza "de que estas solicitudes de patente sean rechazadas". Por el bien de la ciencia y de la humanidad, ojalá sea así

NUEVATRIBUNA.ES

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